¿Psicólogo por parrilloterapia?

Amanece nublado y con ánimo de lluvia, pero los implicados deciden que el asado se hace igual. Como es domingo, nadie madrugó y los primeros leños se arriman a la escena pasadas las once de la mañana.

Hay leños finitos como fósforos, otros gruesos y largos como la pata de un caballo y algunos gordos y cortos, como el cuello de un luchador de sumo.

La escena se desarrolla en un parque rodeado de árboles centenarios y un viejo galpón donde crece una madreselva que llena las tardes de olor dulce. Pero ahora es casí mediodía y uno busca el lado salado de la vida. O al menos el de la comida.

 

Uno de los implicados toma a su cargo la faena y prende un fósforo que quema la corteza que abraza los leños que encienden el fuego. El implicado agrega ramas y lo agranda porque lo que sigue no es asar simplemente un par de chorizos y unas carnes. Sigue es asar un cordero y los implicados saben que se necesita un gran fuego y algunas horas. Además de un asador, como se llaman esos hierros en forma de cruz donde se ata el cordero.

Los implicados tienen claro que faltan horas para llevarse una costillita a la boca, pero igual se acercan al fuego. Uno a uno, como si un gurú los encandilara con su presencia anaranjanda y ardiente. Alguien trae sillas, otro descorcha un vino, la de la punta prende un cigarrillo, y se podría decir que en este momento, cuando todos están frente al fuego dispuestos a la conversación ociosa, justo ahora comienza la parrilloterapia. ¿O debería escribir la sesión de parrilloterapia?

Primera máxima de una parrilloterapia: esto no es lo mismo que ir a un asado. En una parrilloterapia uno no llega cuando todo está servido, uno acompaña el proceso.

Ché parece que va a llover, dice alguien y otro responde que leyó que éste será un año de lluvias. Y una dice que mejor juntemos leños antes del agua y parten con ella un par en busca de ramas secas. Los que se quedan esbozan teorías sobre cómo hacer el mejor fuego, cómo mantenerlo, cuándo conviene sacar brasas. Los implicados no leen libros sobre el tema, pero tienen muchos asados en la piel. Entonces se largan las anécdotas y la propia experiencia domina las horas que vendrán. En una parrilloterapia nunca se habla de nada íntimo, pero los temas universales tienen tratamiento íntimo. Cada tanto, las anécdotas se interrupen para servir más vino o para pensar en equipo, entre todos, como en una terapia de grupo, cómo habría que proceder si esa nube negra que está ahí atrás se hace lluvia.

Pasaron dos horas y el implicado a cargo tiene los ojos rojos por el humo. Es el único que maneja el fuego, el que controla la llama, el que mueve las brasas y dice cuándo es necesario subir o bajar el cordero. El resto opina, pero la decisión última es del implicado a cargo.

Segunda máxima: la parrilloterapia es una actividad físicamente pasiva -si uno no es el asador, suele quedarse sentado durante horas- y mentalmente activa.

Alguien trae una picada y una panera con galleta de campo. Después de un par de horas, los implicados están en plena dimensión parrilloterapia. Pasan revista a la política, a la religión, a la pareja. Siguen las anécdotas y la opinión; las preguntas, el acercamiento, la reflexión. Puede haber discusiones en una parrilloterapia, claro. En esta también la hay: una de las implicadas es vegetariana y defiende su posición. No comerá ni una pizca de cordero a pesar de la insistencia. Sin embargo, ve cómo se asa lentamente y participa de la escena. Cada tanto, eso sí, mira para otro lado.

Tercera máxima: una parrilloterapia trasciende la carne y no es necesario ser carnívoro para participar. Tampoco es necesario que los participantes se conozcan. La parrilloterapia une.

En una parrilloterapia la lista de temas nunca se termina. Alguien nombra al glaciar Perito Moreno a propósito de los nuevos hoteles y uno de los implicados, el más grande, cuenta de cuando fue por primera vez, hace 50 años. Llegó al Calafate en un DC3, un avión de museo. No había pasarela y un amigo que iba armado le tiró un par de tiros al glaciar para que se rompiera. Durmieron una noche en un refugio y por la noche escucharon los ronquidos del hielo. Otro implicado, uno joven, contó que trabaja cuatro meses por año en un barco que va a Ibiza. El resto del tiempo viaja y descansa en Argentina. Otro relata con detalles un choque terrible y del que sobrevivió, hace 15 años.

 

Cuarta máxima: la parrilloterapia no tiene edad, conviven y se nutren unos de otros, jóvenes y viejos. (Los niños no suelen ser implicados activos en una sesión de parrilloterapia).

El viento bate las copas de los árboles del monte y amenaza con apagar el fuego. La nube negra se acercó demasiado y las primeras gotas caen pesado. Uno de los implicados trae un paraguas y tapa el cordero como puede. Los demás implicados se tapan, se guarecen pero no se van.

Quinta máxima: la dimensión parrilloterapia ejerce fascinación sobre los implicados. Más que la transferencia. Se establecen códigos que se recuerdan en futuras parrilloterapias.

La lluvia dura poco, se la lleva el viento a otro pueblo. Después de bajar el cordero hacia el fuego, después de darlo vuelta y después de varias horas, más de cuatro seguro, el implicado a cargo hace una incisión precisa y dice que está listo. Corta una pata, después las costillas y cada uno -menos la implicada vegetariana que se prepara una tortilla de verduras- toman su trozo de cordero asado. En este momento, cerca de la hora en que la madreselva llena el aire de olor dulce, por primera vez los implicados dejan de hablar. Están masticando: el cordero, las anécdotas, el canto de los pájaros en el monte y la sabiduría que proporciona un domingo de parrilloterapia.

Publicado por Carolina Reymúndez | 19 de Abril de 2008

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