Poncho Negro…

Aquella noche fatal del doble crimen

Y las apariciones de la calle Alem

 

Entre los muchos hechos que ejercitaron la violencia de la sangre, hay uno que además dejó aristas sobrenaturales y por muchos años fue objeto de aseveraciones y desmentidas.

Se trata del ominoso crimen de Poncho Negro, ejecutado con rabia y alevosía allá en los inicios de la década del cincuenta.

 

Los detalles me llegaron por vía oral y la primera en mencionarlos fue Marta Morel, vecina –hoy desaparecida- de la calle Alem y del lugar donde se produjo el hecho. Fue ella la que con rigurosa autoridad nos relató cómo, en una noche sin luna, Poncho Negro asesinó a puñaladas a la que había sido su querida, en la vereda de su casa, en Alem al 850. Desde entonces no pocas fueron las veces que, precedida de un fuerte olor a jazmines, la infeliz se aparecía envuelta en una nebulosa gris, y en actitud suplicante, en ese mismo lugar donde había sido muerta. Era un instante breve, de latente angustia, tras el cual la imagen se desvanecía dejando la puerta abierta a todo tipo de conjeturas. Estas visiones o percepciones nunca quedaron en claro, como tampoco quedo en claro la muerte del asesino.

 

El sujeto tenía nombre y apellido: Cecilio Aristi, pero se lo conocía más por su apodo: “Poncho”, o “Poncho Negro”, el cual devenía de su costumbre de usar un poncho de ese color, ribeteado de flecos, calzado sobre los hombros y cayendo en forma de capa por detrás.

Por aquel tiempo solía llegar al pueblo montado en un bayo ruano, que utilizaba en sus tareas de peón de campo, en un establecimiento en cercanías de Salaberry.  Su parada habitual era un rancho de adobe en el barrio El Ombú y entre sus pocos conocidos estaban el “Sapo bronce”, el “loco” Alvaro, Roque Dimaro y el “mulato” Sarco; conocidos nomás, porque amigos nunca cultivó.

De carácter osco y muy parco en palabras, solía pasar horas en el boliche de Marcos Colazo, -por Chacabuco y Avellaneda- solo, inmerso en su temido silencio; es que su rostro tenía la peculiar dureza de los canallas y sus labios lineales y sus ojos como ascuas no predisponían a su favor;  no era de usar sombrero y su renegrida melena se confundía con su poncho.   Por lo demás, no faltaban bolaceros que aseguraban que el hombre debía más de un muerto.

 

Sebastián Mansilla, policía jubilado, con trajinados 75 años por detrás, fue otro de los que me amplió la historia.

En su casa de la Avenida Jaime Coll –antes Jujuy- me recibió junto a su esposa Nélida y me impuso de estos datos que se remontan a su adolescencia, cuando junto a sus padres y hermanos vivía en la calle Alem 796.

Como siempre que llegaba su hermano de la Maltería, donde hombreaba bolsas para el Faja Méndez, aquella nochecita rumbeó a buscarle  un vino al boliche de Barbetti. Apenas había pisado la vereda cuando la vio venir, cubierta de sangre y apretándose el vientre. Impávido se hizo a un lado, ella dio dos o tres pasos hacia el patio abierto mordiendo el dolor y las palabras “fue él… fue Poncho Negro…” y cayó de bruces a un costado del piletón….

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