Buey Negro

Transcripcion completa del cuento de Conrado Meier “Cuentos que no son cuentos”

Sobre el autor

Un poco sobre Conrado Meier

El libro

Tapa del libro de Conrado Meier "Cuentos que no son cuentos"

Buey Negro

  • Muuuh, muuuh, “Buey Negro”! – gritaban los chiquillos a coro y le arrojaban piedras, y se divertían haciéndole enojar.

El viejo las tiraba de vuelta con gran puntería y contestaba con guasadas, palabrotas y gestos obscenos:

 -”tomen “de acá” guachos ‘e porqueria y la rep…!”

-Indio fiero, muuuh, muuuh!- seguían desde más lejos, fuera del alcance de sus certeros cascotazos.

Mascullaba unas barbaridades mas, lanzaba las últimas piedras, luego escupía en las manos y continuaba tapando los baches y pozos de las calles del pueblo sin hacerles caso ya.

  • “Buey Negro” Muuuh, muuuh! – aburridos al fin dejaban – dejabamos- de molestarle.

Era toda una institución este “Buey Negro” en la Villa de entonces. Los vecinos mayores, de los pocos que quedan, le recuerdan aún con simpatía, recorriendo los caminos y las calles de tierra bajo del sol inclemente de invierno, cimpliendo tiguroso horario en su trabajo de peon municipal encargado del mantenimiento vial. Cuando algún vecino fallecía, también oficiaba de enterrador. En tan pequeña comunidad no era necesario un sepulturero estable, y esa tarea significaba para nuestro caminero un ingreso adicional.

Mapuche de pura cepa, “gente de la Tierra”, era petiso y retacón, de frente estrecha y aplastada, los ojillos porcinos y achinados se hundían en sus órbitas sobre los muy pronunciados pómulos. Tenía un deforme bollo de carne por nariz, la bocaza inmensa de grande quijada y unos pocos muñones negros y quebrados por dientes, como de caballo viejo. La pelambre, tiesa y rala, se esparcía en aislados mechones sobre el cráneo de raras asimetrías y era lampiña su cara morena de cuero curtido, apenas seis o siete pinchos duros con pretensiones de bigote. Luego un par de orejas arrepolladas a ambos lados de la cabeza asentada en el grueso cogote de toro. Y las extremidades, los fuertes, largos brazos que bajaban de los encorvados hombros y acababan en sendas manos enormes y callosas de dedos como troncos, y las piernas cortas macizas y torcidas en “O” de tanto andar a caballo en su juventud.

Dios, que era feo!, sin perdón ni atenuantes! Todo lo anterior explica y da razón de ser al mote de “Buey Negro”, que mirándolo se concluía que en verdad tenía algo, un no se que de oscuro animal bovino.

Todos le conocían por ese apelativo, aunque en realidad tenía nombre y apellido como cualquier ciudadano: se llamaba Pedro Lleufú, o Lleufo, por lo menos así fue asentado por el Juez de Paz a quien toco legitimizar la presencia del susodicho en este mundo, lo que aconteció cuando promediaba su vida, aproximadamente. Hasta entonces, había sido “orejano”, no poseía documento, marca o señal que acreditara legalmente su identidad, nadie se había ocupado de ello. Esto recién le representó un inconveniente cuando llegó a la Angostura y le fue ofrecido un trabajo en la municipalidad, de modo que hubo que arreglar la cuestión. Y el Juez actuó con práctica simpleza: como era indio, le dejo el nombre de indio, en cuanto a la edad, habida cuenta que el mismo interesado la desconocía, fue anotada tentativamente la cantidad de cincuenta años, dado que entre esta “gente de la Tierra” es imposible calcularla con poco margen de error. El lugar de su nacimiento quedó en blanco, podría haber sido un paraje cualquiera en la Patagonia o en el sur de Chile, aparte, solo Dios sabrá quienes fueron sus progenitores o si tenía otros familiares.

Y a partir de aquel día Pedro Lleufo aseguraba que el Juez de Paz, aquel que de un par de plumazos y oprimiendo un sello en una hoja de papel le había otorgado nombre y apellido, edad y oficial existencia, era “su papá”. Asi lo entendia y se lo discutía a cualquiera, derecho viejo.

Pero volvamos atrás en el tiempo. Desde que recordaba, el futuro Pedro Lleufo había vivido agregado al antiguo destacamento de policía territorial en Nahuel Huapi, donde nace el limay. No se sabe commo fue a dar allí, puede suponerse que recogido quizas por algun desconocido milico compasivo. Y desde siempre había realizado tareas menores de apoyo logístico tales como cebar mate, pastorear los caballos, buscar leña y hacer los mandados. En ocasiones incluso, cuando los escasos numerarios debían salir de patrulla o en persecución de bandidos o cuatreros, “Buey Negro” quedaba a cargo de la unidad policial incluyendo a presos y demorados si los había. ERa hombre de total confianza. De hecho pertenecía, con los sables y los fusiles, las monturas y los arreos, la tropilla patria y los útiles y varios al inventario del destacamento. Hasta que un buen día se dio de baja a sí mismo, según sus propias palabras “ya había cumplido con la milicia y en adelante sería civil”.

Se largó al mundo, encontró trabajo en la estancia “Quetrihue” donde estuvo poco tiempo, asi llego a la Angostura donde ingresó a la cuadrilla municipal.

Aquí vivía en un ranchito levantado por el mismo en un terreno baldío, justo en frente del aserradero del tío Hermann. Y casi todas las tardes a la salida del trabajo, cruzaba a buscar leña de desecho y un tacho de agua. Pero eso si, no gratuitamente, su fiero orgullo jamás lo hubiera permitido. Así, cada tanto, iba a lo de su vecino a arreglar cuentas:

  • Mari Mari peñí don German!- Saludaba medio en araucano con su vozarrón cascado.
  • Pero qué tal Pedro, wie geht´s mmein Freund, qui mi lai mi amigo! El tío era alemán-
  • Bien che, muy bien! – después de aceptar unos mates le alcanzaba unas tortas fritas o una bolsita con huevos: -parieron mis pollas, che, y te vengo a pagar la leña. Jua, jua, jua! – reía con su bocaza de muñones negros y quebrados – Bueno chau che, peñi gringo, y gracias por todo!
  • Chau Pedro, auf wiedersehen!
  • No m’estaras putiando en gringo? jua, jua, jua!

La vivienda de Pedro más que rancho era ruinosa tapera de un solo ambiente, de tres paredes de palo a pique y un lado abierto, de techo de viejas chapas de cartón alquitranado y piso de tierra. El humo del fogón escapaba por los innumerables agujeros y cuando la leña era verde parecía que el rancho entero se incendiaba, tal la humareda. En un rincón el camastro, un revoltijo de cobijas raídas, trapos y cieros hediondos donde dormía junto al perro y las gallinas. Completaban el mobiliario una mesa de tablitas de rezago, un banquito de tronco labrado que tanto servía para amasar como para lavar la ropa, hasta para rascarse la cara, los sobacos y las patas, esto último solamente en verano y si el calor apretaba. Cuando se ponía a amasar tortas fritas el gallito bataraz solía observarlo parado en el borde de la artesa. Algunos malintencionados aseveraban insidiosamente que por ahí sus “necesidades” caían dentro del pastón de harina, pero esto no es verdad. Apenas si picoteaba cuando Pedro se descuidaba. Colgaban de un palo del techo, fuera del alcance del perro, las gallinas y los ratones, unas lonjas de carne salada y curada al humo. Solía masticar de este “charqui” ennegrecido cuando le apetecía. Mantenía también otros gustos de sus ancestros indígenas, como deleitarse con imposibles platos de mondongo y tripas crudos mezclados con maíz y abundante ají. Si tenía oportunidad ayudaba con placer en las faenas de carneada en el matadero municipal. Y al momento de asestarse la certera puñalada al animal a sacrificar, cuando la sangre caliente manaba a borbotones de la degolladera, pues el muy salvaje chupaba directamente de la herida y tragaba con deleite el espeso líquido rojo que emanaba del moribundo novillo. De solo verlo se revolvia el estomago y flaqueaba el espiritu mas templado. Faltaría mencionar el arcón de madera rústica que utilizaba para guardar sus poquitas pertenencias, regalo que le hiciera el tío Herman. Bastante costó al tío convencerle de aceptar el obsequio, hasta que, enojado, dijo a Pedro que el rechazo significaría el fin de su amistad. Esto le hizo entrar en razón. Era por demás quisquilloso el indio Lleufo en cuestiones tales como el orgullo, el amor propio, la fidelidad y la palabra empeñada, la amistad y la hombría de bien.

Así le fue al pobre, que por el respeto debido a los mayores y la confianza que le mercia, entregaba a “su papá” el juez de paz el dinero que ahorraba todos los meses de su salario para que este lo guardara en lugar seguro. Pero sucedió que el juez aquel, que era soltero y vivía solo, enfermó y después murió. Y en el lío de parientes, testigos y allegados, desaparecieron los ahorros de “Buey Negro”. Al saber de la muerte de “su padre” el ahora “huérfano” se entristeció mucho. Había tomado muy a pecho su amor filial, tanto, que durante la enfermedad del occiso había dormido todas las noches en el umbral del juzgado, echado en el suelo, por si lo necesitaba. En cuanto al perdido dinero opinó que quizás el finado lo había necesitado para medicinas o remedios, y que para eso estaban los hijos, para ayudar a sus padres. Y una cinta de tela negra cosida a la manga de su saco daba fe de su duelo, y Pedro Lleufo guardó luto por el tiempo que establecía la costumbre.

No era de faltar a su trabajo y bebía poco, solamente un poco de vino los domingos, pero el lunes estaba firme en su puesto pues era muy consciente y celoso de sus obligaciones. Así, solía discutir con el capataz don Elqueta y aun con el mismo intendente acerca de las prioridades en el mantenimiento de las calles: -vo´serás muy intendente y mandaras allá en tu oficina, que sabrás mucho de papeles y macaneos de la política, pero acá mando yo que sé mucho más que vos d´esto…¡y agora me dejas ´e joder y te vas a trabajar, que tengo mucho que hacer! – y bueno, tenía razón, y el intendente agachaba la cabeza, farfullaba alguna disculpa y se iba.

Un dia “Buey Negro” no se presentó a trabajar, y a todos llamo la atencion. Al día siguiente tampoco apareció, entonces el intendente en persona, extrañado, fue a ver qué podía haberle ocurrido. Allí estaba en su camastro, a los quejidos.

  • Qué te pasa, Pedro, te sentís mal?

Temblaba y sudaba y gemía bajo del revoltijo de cobijas y el perro, echado a su lado, gimoteaba también mientras lamia una mano que asomaba como cayéndose.

  • Ahhh… ahh… creo que me via morir…
  • ¡Pero que te vas a morir, hombre, te llevare al hospital!

Así de dolorido y afiebrado, con un fuerte engripado que apenas le permitía moverse pero igual que siempre caprichoso y porfiado como una mula, nada quiso saber de ir. Y como siempre, ganó la discusión. Acabo en que el intendente fue a buscar al médico quien después de revisar al paciente y sin dejar de impresionarse por las miserables condiciones en que vivía, receto el tratamiento: Jarabe para aliviar el catarro, pomada “Vick Vaporub” para aplicar cataplasmas sobre el pecho y unos supositorios. Al rato el intendente regreso con las medicinas.

  • Pedro, entendiste bien lo que dijo el doctor?

Contestó con un gruñido que pareció afirmativo.

  • Bien, cuidate, mañana te vengo a ver.

No había entendido nada, pero al otro dia estaba mejor, y muy cabrero.

  • ¡‘Vo me queris matar, me diste veneno!
  • ¡Como veneno? ¡Traje los remedios que receto el doctor!
  • ¡Laaa reputa q´es fiero tu rimedio che, casi me muero gomitando!
  • Pero… Hiciste lo que te explicó?
  • ¡Claro, o crees que soy tonto! ¡me comi todo ese “baporu” y me frote bien aquí con el jarabe ´el frasco!
  • ¡Si seras indio bruto, hiciste todo al revés! y los supositorios?
  • También me los comi! o querías que me los meta en el culo?

De alguna manera sanó y se reintegró al trabajo. Los chiquillos siguieron tirandole piedras gritando a coro ¡muuuh, muuuh, “Buey Negro”!, el les contestaba barbaridades y devolvía los cascotazos y todo estaba bien otra vez.

A consecuencia de la enfermedad y al observar la pobreza de la vivienda de su peón caminero, el intendente ordenó que se le construyera algo mejor. En pocas semanas fue levantada una casita abrigada, con agua corriente y un baño interior. Hasta entonces, todo el bosquecillo cercano había servido a Pedro para evacuar sus urgencias. Ahora, pensaba ingenuamente el intendente, el viejo indio podría habitar con mayor comodidad. Es claro que no contaba con la dignidad de fierro y a toda prueba de Pedro Lleufo, quien veía hacer a carpinteros y albañiles y nada opinaba.

Finalmente la obra quedó terminada, pero cuando el sonriente primer funcionario fue a decirle que la casa había sido hecha para él y que podía mudarse, el “Buey” se ofendió para el diablo, que no era “mendigo” para aceptar limosnas, que el lugar donde vivía era suyo porque él mismo lo había levantado con sus propias manos, y que no tenia por que deberle favores “a naides”. Dijo además que el baño no debía estar dentro de la casa porque donde se come no se caga. Y siguió habitando la tapera ruinosa con su perro y las gallinas y su terrible autoestima, haciendo como siempre las necesidades “ahi afuerita” entre los matorrales.

“Buey Negro” nada tenía de tímido o apocado. Cuando consideraba estar en su derecho pues se hacía escuchar y decía lo que tenía que decir, haya quien hubiere y caiga quien cayere.

Fue en ocasión de una visita de las autoridades provinciales en coincidencia con la celebración de una efemérides patria. Una gira de esas que cuentan con la presencia del señor gobernador de la provincia y todo un séquito de ministros, secretarios, directores y cortesanos de menor cuantía, con señoras elegantes y muy a la moda, maquilladas y perfumadas envueltas en costosos abrigos, con fotógrafos, periodistas de los medios y que se yo.

Después del acto y los festejos oficiales se ofrecía un gran asado popular con la asistencia de dichas autoridades para las que se había preparado una mesa especial con finos bocados y bebidas más finas aun. Pedro Lleufo, quien hasta se había lavado y puesto sus mejores ropas para la ocasión ayudaba alla atras en el patio donde se doraban costillares y otros manjares. Ahí estaba al cuidado de las brasas, masticando un pedazo de tripa cruda a su gusto, cuando se acercó un grupo de altas personalidades. Al verlo, todos se pusieron a observarlo fascinados y sin disimulo. Es que en verdad llamaba la atención de quien no lo conocía en su telúrica fealdad. Cuando se dio cuenta que era él a quien miraban empezó a molestarse. Pero al escuchar a un señor bajo y regordete de oscura tez y lacios abundantes cabellos renegridos, sin duda un importante funcionario a juzgar por su impecable traje a medida, quien señalandolo decía a una de las damas que -al parecer aquí existían aún indígenas de pura raza y que…

  • ¡Que me miran como si juera mono, carajo, si ´vo pareces mas indio negro que mi, mirate ´n un espejo sino!
  • y al fotógrafo que lo enfocaba con su cámara también lo mandó a pasear.
  • ¡Y por que no le sacas una joto a tu aguela mejor, y te vas a joder a otro lao! 

Se apuraron en desaparecer. Pedro no lo sabía pero se trataba de un senador nacional…

Otra vez, en oportunidad de una visita pastoral del obispo de la diócesis, Pedro Lleufo también concurrió a la iglesia como muchos de los vecinos del pueblo. Cuando llegó ya el templo estaba colmado y entonces se ubicó atrás. Dio comienzo la Santa Misa. Y en plena celebración, en el supremo instante en que el más absoluto silencio de la feligresía rebosante de  religiosa unción y recogimiento el oficiante, que no era otro que el ilustre monseñor, elevaba el sagrado cáliz para beber del vino del sacrificio de nuestro Señor, el inefable “Buey Negro” soltó con su vozarrón bronco y tan absoluto como genial desparpajo la más zafada y grandiosa de las barbaridades que se le recuerdan:

  • ¡Eeeepa compañero!… ¡salu padrecito cura, m´a ver si se acuerda ´e los pobres y convida un trago, jua, jua, jua!

Fue el caos, el acabose. Unos soltaron carcajadas, tres o cuatro viejas se santiguaron repetidas veces, horrorizadas, y ni el augusto monseñor se pudo contener entre hipos y toses atragantadas de vino bendito que en parte escupió sobre el inmaculado altar. La misa fue postergada.

Pedro Lleufo estaba ya muy viejo. Al paso del tiempo parecía volverse más feo, si eso era posible. Las mamás asustaban a sus niños amenazandolos con que si no se portaban bien el “Buey Negro” los llevaría en una bolsa. Pobre, si muchos de ellos eran sus amiguitos y el siempre llevaba caramelos  para darles. Y cuando los muchachotes más grandes lo molestaban, que eran otros porque los de antes habían crecido y ya eran hombre, le costaba agacharse a levantar las piedras que les arrojaba para que lo dejasen en paz, u su puntería tampoco era ya tan certera.

Entonces el intendente, que tampoco era el de antes, consideró que sería justo otorgar una pensión al anciano peón caminero, que merecía descansar después de tantos años de trabajo bien cumplido. ¡Para que! Otra vez se enojo muchisimo, que él no era ningún tullido inútil, que seguiría trabajando, y que el intendente se metiera su pensión en él… ¡allí mismo que se la metiera!

Duro y orgulloso, siguió cumpliendo horario en su tarea, y la administración municipal debía cuidarse mucho y pagarle su pensión – que por supuesto le habían otorgado igual- el mismo día en que cobraban los trabajadores activos entre los que nunca dejó de considerarse. De otra manera armaba tremendas broncas.

Una mañana helada lo encontraron caído afuera, a la puerta de su rancho. De débil que estaba ni siquiera protestó cuando lo llevaron al hospital.

Hacia una semana ya que estaba ahí, limpito en su camisón blanco, acostado en una cama de sábanas muy blancas también. El sol entraba a raudales por la ventana de su habitación aquella mañana cuando el médico fue a visitarlo. Lo encontró bien, y muy tranquilo, y preguntó cómo se sentía.

-Me viá morir, che.

-Pero que te vas a morir, Pedro, si ya estás sano. Pronto saldrás a trabajar…¡las calles están hechas un desastre desde que no las cuidas, no se puede andar!

Pareció sonreír, casi dulcemente. Hasta se veía menos feo.

  • Si… pero acabó el tiempo… cuando empiece la lluvia me viá morir.
  • ¡Por favor, si a vos te queda mucho todavía, y mira que lindo dia de sol!
  • Si… pero se terminó, como todo se termina.
  • Y como estas tan seguro?
  • Me lo dijo “El”
  • Quien?
  • “El” Y vamo´a estar cerca, vos y yo.

A media tarde empezó a soplar viento y el cielo se encapotó. Comenzó a llover cuando oscurecía.

La enfermera de guardia entro a la habitacion y lo encontró muy quieto, como dormido. Su cara oscura y fea irradiaba intensa paz. “Buey Negro” descansaba ya por la eternidad.

Llovió a mares durante toda la noche y por la mañana cuando lo sepultaron, seguía lloviendo. Luego escampó y volvió a brillar el sol.

El médico que atendió a Pedro Lleufo en sus últimos momentos quedó vivamente impresionado y contó a personas de su íntima confianza la conmovedora historia de la muerte del anciano, de su tranquila y resignada certeza acerca de cuándo ocurriría, hasta de su acertada anticipacion de las condiciones climaticas que habria. Corto tiempo después y en plena juventud, hallaría su propio fin en un trágico accidente carretero. Y las tumbas de ambos se encuentran muy cerca una de la otra en el cementerio de nuestro pueblo.

Esta es la historia del indio araucano Pedro Lleufo, el viejo y muy digno peón municipal, tal como lo conocimos quienes entonces vivíamos en la Angostura.

Allá arriba debe estar “Buey Negro” arreglando con su gastada pala los caminos del cielo. Seguro que si. Y seguramente también que con su tozuda pofiadez de mulo le debe discutir las órdenes y opiniones al capataz San Pedro, su tocayo, y aun al mismísimo intendente el Padre Dios… hasta podría ser, por que no? Que alguna pandilla de traviesos querubines se divierta a su costa, moviendo las alitas y batiendo las regordetas manos mientras vocea a coro: -¡muuuh, “Buey Negro”!…¡muuuh, “Buey Negro”!

Nota: El cuento fue transcrito textualmente.

Te puede interesar:

Martín Fierro completo

Martín Fierro (Resumen para la escuela)

Si te gusta esto compartilo con tus amigos
  • Soy gauch@ cibernético y administro este portal. Me gusta el mate y compartir buenos momentos. Si se puede con guitarra de por medio :) Bienvenid@ a mi fogón!

Random Posts

  • La Cueca

    Hermana de la zamba, de la Chilena, Hija de toda la zamacueca Peruana. Es una de las danzas que más […]

    Si te gusta esto compartilo con tus amigos
  • La milicia y la mujer

    Es conocido el derecho que tuvo el milico de arrimar a su mujer a los fuertes o cuarteles y de […]

    Si te gusta esto compartilo con tus amigos
  • El carnavalito

    Del Altiplano. El Carnaval del Norte. Por la quebrada abajo, con bombo, violín y cajas, rumbo al pueblo, para recibir […]

    Si te gusta esto compartilo con tus amigos
  • Machaca Güemes

    Magdalena (Macacha) Güemes de Tejada. Hermana del general Martín Miguel de Güemes, de cuya acción en pro de la independencia […]

    Si te gusta esto compartilo con tus amigos

Deja un comentario